El pasado jueves 17, hablé con el diputado por Colonia de la
lista 904 Mario Colman. Está desolado y enojado, porque siente que se está
comiendo un garrón por la formalización y condena de Diego Cruz, un militante
de su agrupación, que cayó por tráfico de drogas en el marco de la operación
Murmullo, en su cuarta fase.
No voy a liberar al diputado de la culpa si la tuvo o no, o
si está involucrado. Eso no me corresponde. Lo que hizo Cruz no era, según sus
palabras, de su conocimiento. Siente que abusó de su confianza, la que le dio
cuando lo acogió en su agrupación partidaria y luego le dieron
responsabilidades en la comuna de Colonia.
En lo que me quiero detener es en la responsabilidad, eso sí
que le cabe a, en este caso a Colman, como a cualquier otro actor político: y
es cuidar su entorno. Hoy es Cruz, un perejil, un narquito de poca monta, pero
mañana puede ser alguien más pesado.
El narcotráfico, los narcotraficantes, grandes, medianos o
pequeños, buscan el cobijo del poder y de esa manera inconsciente para algunos,
y muy consciente para otros, se expanden en las sociedades.
Cuando en la década de los años 60 el presidente Richard
Nixon lanzó la guerra contra las drogas, lo hizo porque en su país, Estados
Unidos había un problema grave, pero la guerra la libró en países pobres, con
gente pobre, en Colombia, en México.
Las víctimas fueron los niños pobres, las mujeres pobres,
los hombres pobres, mano de obra barata y necesitada de ganar un peso para
tener un plato de comida. Los narcos grandes estuvieron y están fuera del radar
o de la mira de quienes libran la guerra.
Desde aquel momento hasta ahora ha pasado mucha agua bajo
los puentes y el problema del narcotráfico es global trajo aparejado otros
problemas: lavado de activos, además de los millones de muertos. Y no hubo
solución. La guerra contra las drogas ha sido una política que se ha perdido en
diferentes términos, políticos, sanitarios y económicos.
En Uruguay siempre se pensó que se estaba lejos de esas
realidades y en el interior del país más todavía, pero tarde o temprano los
narcos llegan, se asientan y después es difícil de sacar esos quistes.
Durante muchos años hubo gente que, con miradas más largas
sobre el asunto, advirtieron sobre esta realidad: sobre los ajustes de cuentas,
sobre el sicariato, sobre el lavado de dinero, sobre la feudalización de los
barrios. No se los escuchó. El sistema político no lo escuchó, la academia no
lo hizo y hoy la ola nos tapó.
Milton Friedman, premio Nóbel de Economía, insospechado por
sus ideas liberales, fue uno de los primeros en reconocer la pérdida de la
guerra contra las drogas. José Mujica, ex presidente de la República y de
izquierda, claramente, coincide con Friedman. “Será mi última batalla”, ha
dicho: “promover la liberación de las drogas, todas las drogas”. Sin un mercado
ilegal habrá menos reclusos, menos homicidios, los adictos no seguirán siendo
mirados y tratados como criminales cuando procuran su droga, pudiendo tenerlas,
además, con garantías de calidad.
El cambio de paradigma sobre las drogas no es patrimonio ni
de la izquierda ni de la derecha sino del sentido común. Este problema global
ha sido, hasta ahora, tratado como una política militar y de seguridad y no
como un problema de Salud Pública. El enfoque debiera ser la prevención, la
educación y la rehabilitación, y en ese marco, aplicar políticas de despenalización
progresiva y regulación de la misma manera que se hace con otras sustancias
como el alcohol y el tabaco.